La contradicción del ser humano se hace visible cuando nuestra capacidad de celebrar convive, al mismo tiempo, con el sufrimiento de millones de personas
Celebramos goles mientras otros sobreviven a las bombas

El Mundial de fútbol 2026 se disputa en Canadá, Estados Unidos y México. Por primera vez, 48 selecciones compiten en 104 partidos, en una edición más extensa, global y comercial que cualquier otra anterior.[1]
En bares, casas, patios, yardas y restaurantes, la escena se repite: se enciende la televisión, se prepara la carne asada, no falta la cerveza y aparecen los gritos, las apuestas, las discusiones, los abrazos y la emoción. Por unas horas, millones de personas olvidan el trabajo, las deudas, el cansancio y la presión diaria. Por unas horas, el mundo parece reducirse a una pelota rodando sobre el césped.
La contradicción del ser humano: celebrar no es el problema
Y no hay nada malo en celebrar.
El fútbol, como otros deportes, tiene algo profundamente humano. Une familias, despierta recuerdos, crea identidad y nos permite respirar fuera de la rutina. Alegrarse no es el problema. Gritar un gol no es el problema.
El problema comienza cuando la celebración exige olvido; cuando para disfrutar necesitamos dejar de mirar.
Mientras unos gritan un gol, otros gritan pidiendo ayuda.
Mientras unos escuchan narradores deportivos, otros escuchan sirenas, explosiones, drones y disparos.
Mientras unos preparan carne asada, otros no saben si tendrán pan al día siguiente.
Mientras unos se reúnen con su familia frente a una pantalla, otros buscan a la suya entre hospitales, refugios, escombros o listas de desaparecidos.
Esta no es una acusación contra quien disfruta un partido. La alegría de una familia no causa la tragedia de otra. La contradicción es más profunda: somos capaces de celebrar la vida y, al mismo tiempo, acostumbrarnos a la destrucción de la vida.
La distancia que anestesia
La distancia nos anestesia. La pantalla nos separa. El entretenimiento nos distrae. Una noticia nos conmueve durante unos segundos y después seguimos deslizando el dedo, cambiando de canal, trabajando, comprando o discutiendo por asuntos pequeños. El dolor ajeno termina pareciendo el dolor de otra especie.
Pero no pertenece a otra especie. Son niños, madres, padres, abuelos, estudiantes, médicos, maestros, campesinos, panaderos y cocineros: gente común que también tuvo una casa, una mesa, una canción favorita, un equipo y un proyecto de vida.
Al cierre de 2025, ACNUR estimó que 117,8 millones de personas estaban desplazadas por la fuerza en el mundo: aproximadamente una de cada setenta personas. Detrás de la cifra hay vidas concretas; sin embargo, cuando el sufrimiento se convierte únicamente en estadística, la conciencia empieza a dormirse.[2]
Inteligencia sin conciencia
Hemos creado el ferrocarril, el teléfono, la computadora, los satélites, el láser, las vacunas, los hospitales modernos, las bibliotecas digitales y la inteligencia artificial. Pero también creamos la bomba atómica, los misiles de crucero, las armas químicas, los campos de concentración, los drones de guerra y sistemas de vigilancia capaces de convertir a una persona en un punto sobre una pantalla.
El Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz calculó que el gasto militar mundial alcanzó 2 billones 887 mil millones de dólares en 2025 y aumentó por undécimo año consecutivo.[3] No todo presupuesto de defensa tiene el mismo propósito y los Estados alegan necesidades de protección y disuasión. Aun así, la magnitud de la cifra revela una prioridad: para la guerra casi siempre aparece dinero; para construir una paz duradera, no siempre aparece voluntad.
¿Cómo puede una especie tan inteligente seguir actuando con tan poca conciencia?
Tal vez nuestra inteligencia técnica avanzó más rápido que nuestra madurez moral. Aprendimos a construir máquinas antes de controlar nuestros impulsos; a conquistar territorios antes de respetar la vida; a producir riqueza antes de preguntarnos para qué sirve una riqueza que excluye a millones.
El derecho internacional humanitario no convierte la guerra en algo justo; intenta limitar su barbarie. Exige distinguir entre objetivos militares y población civil, aplicar proporcionalidad y tomar precauciones. Los civiles y los bienes de carácter civil no deben ser atacados directamente, y las unidades médicas cuentan con protección especial, aunque la ley contempla excepciones estrictas cuando pierden su función protegida.[4]
La tragedia es que necesitamos convenios para recordarnos lo elemental: una persona herida debe recibir atención, un hospital no es una presa ordinaria y la población civil no puede tratarse como si fuera un obstáculo.
El lenguaje que limpia la violencia
Antes de que la violencia se ejecute, el lenguaje suele preparar la conciencia. Un eufemismo no siempre es una mentira, pero puede borrar al responsable, ocultar a la víctima y reducir el costo humano de una decisión.
La muerte de civiles puede convertirse en “daño colateral”.
Matar puede presentarse como “neutralizar objetivos”.
Una invasión puede rebautizarse como “operación de seguridad”.
Una restricción informativa puede venderse como “protección”.
La explotación laboral puede disfrazarse de “eficiencia” o “productividad”.
Albert Bandura llamó desconexión moral al conjunto de mecanismos que permiten hacer daño —o tolerarlo— sin sentirse plenamente responsable. Entre ellos se encuentran la justificación moral, el lenguaje eufemístico, la deshumanización y el desplazamiento de la responsabilidad.[5]
Dicho de manera simple: el ser humano puede dormir tranquilo después de encontrar una frase elegante que oculte la realidad.
La misma lógica aparece fuera de la guerra. Con frecuencia se culpa al pobre sin examinar las estructuras que reproducen pobreza; al trabajador agotado sin mirar las condiciones que lo exprimen; al joven que no forma una familia sin considerar el costo de vida, la inseguridad laboral y la falta de futuro. No todo problema personal es culpa del sistema, pero tampoco todo problema social es un fracaso individual.
Cuando el sufrimiento se vuelve contenido
Neil Postman advirtió que la política, la educación y el periodismo podían ser absorbidos por la lógica del entretenimiento.[6] Susan Sontag reflexionó sobre la capacidad de las imágenes de guerra para despertar conciencia, pero también sobre el riesgo de consumirlas desde la distancia.[7]
Hoy tenemos acceso a más información que cualquier generación anterior, pero eso no garantiza comprensión ni empatía. Vemos ciudades destruidas, niños llorando, migrantes caminando y familias desplazadas casi en tiempo real; aun así, la repetición puede volver cotidiano lo intolerable.
El sufrimiento se vuelve contenido.
La tragedia se vuelve imagen.
La muerte se vuelve estadística.
Y el horror, de tanto repetirse, corre el riesgo de volverse rutina.
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente estimó que en 2022 se desperdiciaron 1,05 mil millones de toneladas de alimentos en hogares, comercios y servicios de comida.[8] Por otra parte, el informe mundial sobre seguridad alimentaria de 2025 calculó que alrededor de 673 millones de personas padecieron hambre en 2024 y que cerca de 2,3 mil millones enfrentaron inseguridad alimentaria moderada o grave.[9]
Estas cifras no significan que la comida desperdiciada en un país pueda trasladarse sin más a una zona de guerra. El hambre tiene causas complejas: conflictos, pobreza, inflación, crisis climáticas, infraestructura deficiente, problemas de acceso y decisiones políticas. Pero la coexistencia de desperdicio masivo y hambre persistente sí revela un fracaso moral, económico y organizativo.
El mercado puede coordinar recursos y producir innovación; el problema aparece cuando la rentabilidad se convierte en el único criterio de valor. Una sociedad no debería medir la importancia de una vida por su capacidad de consumir o generar ganancias.
La banalidad de dejar de pensar
Somos capaces de abrazar y de disparar; de escribir poesía y de firmar órdenes de bombardeo; de construir escuelas y manipular la educación.
Capaces de rezar por la paz y apoyar discursos que normalizan la guerra.
Capaces de amar profundamente a nuestra familia y odiar a un desconocido por su bandera, su religión o su lugar de nacimiento.
Capaces de llorar con una película y pasar de largo frente a una masacre real.
Capaces de indignarnos por una falta dentro de la cancha y permanecer indiferentes ante una injusticia fuera de ella.
La idea de la “banalidad del mal” de Hannah Arendt suele malinterpretarse. No significa que el mal sea pequeño o trivial. Señala el peligro de que daños extraordinarios sean ejecutados por personas ordinarias mediante obediencia, rutina, burocracia y ausencia de juicio crítico sobre las consecuencias de sus actos.[10]
Muchas atrocidades no dependen únicamente de individuos crueles. También necesitan personas que obedecen sin preguntar, instituciones que fragmentan la responsabilidad y ciudadanos convencidos de que no pueden hacer nada.
La verdadera evolución
No podemos cargar sobre los hombros todo el dolor del planeta, ni resolver individualmente cada guerra. Pero sí podemos negarnos a la indiferencia: verificar antes de repetir, cuestionar el lenguaje que oculta responsabilidades, escuchar a las víctimas, exigir coherencia a quienes gobiernan y no reducir a una persona a una etiqueta, una bandera o una cifra.
Podemos celebrar sin culpa, pero también sin amnesia. Podemos disfrutar un partido y conservar la capacidad de mirar más allá de nuestra mesa, nuestra pantalla, nuestro equipo y nuestra comodidad.
Tal vez la verdadera evolución humana no consista en llegar a Marte, fabricar máquinas más inteligentes o diseñar armas más precisas. Tal vez consista en aprender a sentir que el dolor del otro no es completamente ajeno.
El Mundial pasará. Los goles quedarán en videos, el campeón levantará la copa, las camisetas volverán al armario y las noticias cambiarán de tema. Pero muchas familias seguirán intentando sobrevivir.
¿De qué sirve ganar tantos partidos, construir tantas máquinas y acumular tanta riqueza si todavía no aprendemos a cuidar la vida?
La contradicción del ser humano no está simplemente en celebrar mientras otros sufren; nadie puede vivir en duelo permanente. La contradicción más profunda está en saber que el sufrimiento existe, justificar nuestra indiferencia y continuar como si la vida ajena valiera menos.
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Fuentes citadas y lecturas recomendadas
Datos y enlaces verificados al 11 de julio de 2026.
1. FIFA. “View all FIFA World Cup 2026 fixtures and results”. FIFA, 2026.
2. ACNUR / UNHCR. Global Trends 2025. Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, 2026.
https://www.unhcr.org/global-trends
3. SIPRI. Trends in World Military Expenditure, 2025. Stockholm International Peace Research Institute, 2026.
https://www.sipri.org/publications/2026/sipri-fact-sheets/trends-world-military-expenditure-2025
4. Comité Internacional de la Cruz Roja. “Frequently asked questions: Rules of war” y base de datos de derecho internacional humanitario.
https://www.icrc.org/en/document/FAQ-rules-of-war-ihl
5. Bandura, Albert. “Moral Disengagement in the Perpetration of Inhumanities”. Personality and Social Psychology Review, vol. 3, núm. 3, 1999, pp. 193-209.
https://doi.org/10.1207/S15327957PSPR0303_3
6. Postman, Neil. Amusing Ourselves to Death: Public Discourse in the Age of Show Business. Viking, 1985.
7. Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Food Waste Index Report 2024. UNEP, 2024.
https://www.unep.org/resources/publication/food-waste-index-report-2024
8. FAO, IFAD, UNICEF, WFP y WHO. The State of Food Security and Nutrition in the World 2025. FAO, 2025.
https://openknowledge.fao.org/handle/20.500.14283/cd6008en
9. Arendt, Hannah. Eichmann in Jerusalem: A Report on the Banality of Evil. Viking Press, 1963.
Nota editorial: las cifras corresponden a los años de referencia indicados en cada fuente. Las afirmaciones valorativas del artículo constituyen análisis y opinión del autor.
