……cuando la educación enseña a ser un buen empleado y a sobrevivir, pero no siempre a transformar y crear…
Planet Conciencia
Carlos M | Agosto de 2026

¿La educación combate realmente la pobreza o prepara a millones de personas para adaptarse a un sistema que continúa produciéndola?
Hablar de este tema implica reconocer que la desigualdad no siempre surge por accidente, sino también de estructuras económicas, educativas y políticas que se reproducen durante generaciones.
Este texto es una opinión abierta. Su propósito no es presentar una teoría cerrada ni afirmar que existe un plan único que haya diseñado la pobreza. La propuesta es examinar cómo distintas instituciones, reglas económicas, desigualdades históricas y modelos educativos pueden combinarse para reproducirla, incluso cuando nadie controla por completo el resultado. Sin embargo, los incentivos que sostienen ese resultado suelen generar resistencia cuando se intenta cambiarlo.
Imaginemos a dos niños nacidos el mismo día. Ambos poseen curiosidad, inteligencia y capacidad para aprender. Uno nace en un hogar estable, con alimentación suficiente, libros, conexión a internet, atención médica, un espacio tranquilo para estudiar y adultos que conocen el funcionamiento de las universidades, los bancos y el mercado laboral. El otro nace en una familia que vive al día, comparte una habitación con varias personas, cambia de domicilio con frecuencia, tiene acceso irregular a internet y observa desde pequeño que cualquier enfermedad, reparación del automóvil o reducción de horas de trabajo puede convertirse en una crisis.
A los cinco años ya llegan a la escuela en condiciones distintas. A los diez, uno puede tener clases particulares y actividades extracurriculares; el otro quizá cuide hermanos menores o trabaje informalmente. A los dieciocho, ambos serán declarados legalmente responsables de sus decisiones. La sociedad les dirá que compiten en igualdad de condiciones y que su destino dependerá de su esfuerzo.
Pero no comenzaron en el mismo punto. Ni recorrieron el mismo camino. La pobreza no solo significa tener menos dinero. Significa disponer de menos tiempo, menos seguridad, menos contactos, menos margen para equivocarse y menos posibilidades de convertir el talento en oportunidades. Por eso, cuando hablamos de pobreza, no basta con preguntar qué hizo mal una persona. También debemos preguntar qué condiciones recibió, qué obstáculos enfrentó y qué instituciones podían ayudarla, pero no lo hicieron.
La frase «pobreza como sistema» puede sonar conspirativa. Sin embargo, un sistema no necesita un director secreto para producir resultados constantes. El tráfico de una ciudad, la burocracia o una economía pueden generar consecuencias que nadie planeó de manera individual. Cuando las reglas premian la acumulación, castigan con mayor dureza a quien tiene menos recursos y distribuyen de forma desigual la educación, la salud, el crédito y la información, la pobreza puede reproducirse como un resultado estructural.
La pobreza no es solamente falta de dinero
¿Está la clase media en riesgo? Millones de familias apenas llegan a fin de mes y viven endeudadas. La pobreza tiene muchos matices y no siempre se presenta como indigencia: también puede aparecer como una vida frágil, sin ahorros ni margen para enfrentar una emergencia.
Durante décadas, la pobreza extrema mundial se ha medido principalmente mediante una línea monetaria. En junio de 2025, el Banco Mundial actualizó la línea internacional a 3 dólares por persona al día, expresados en paridad de poder adquisitivo de 2021. En marzo de 2026, una nueva actualización estimó que 847 millones de personas vivían en pobreza extrema en 2024, equivalentes al 10.4% de la población mundial, y proyectó una reducción al 10.0% en 2026. La tendencia muestra una mejora histórica frente a 1990, pero también revela que cientos de millones de seres humanos continúan intentando sobrevivir con recursos mínimos. [1][2]
La medición monetaria es necesaria, pero incompleta. Una familia puede superar por poco una línea estadística y continuar sin vivienda segura, saneamiento, electricidad, educación adecuada o servicios de salud. El Índice de Pobreza Multidimensional de 2025 estimó que 1,100 millones de personas -el 18.3% de la población analizada en 109 países- vivían en pobreza multidimensional aguda. Más de la mitad eran menores de edad. [3]
La pobreza tampoco desaparece automáticamente cuando una persona consigue empleo. La Organización Internacional del Trabajo calculó que, en 2025, unos 284 millones de trabajadores vivían en pobreza extrema con menos de 3 dólares diarios. Para 2026, la OIT proyectó que cerca de 2,100 millones de trabajadores permanecerían en la informalidad, casi el 58% del empleo mundial. Tener trabajo, por tanto, no garantiza necesariamente estabilidad, protección social ni capacidad para construir patrimonio. [4]
El hambre ofrece otra perspectiva. La FAO estimó que alrededor de 645 millones de personas continuaron padeciendo hambre en 2025. Los últimos datos publicados sobre asequibilidad indicaban, además, que aproximadamente 2,600 millones de personas no podían pagar una dieta saludable en 2024. Al mismo tiempo, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente calculó que en 2022 se desperdiciaron 1,050 millones de toneladas de alimentos en hogares, restaurantes y comercios: casi una quinta parte de toda la comida disponible para los consumidores. [5][6]
Estas cifras no significan que toda la comida desperdiciada pueda enviarse de manera sencilla a quienes la necesitan. Existen problemas de conservación, transporte, infraestructura, mercados y distribución. Sin embargo, sí muestran una contradicción: la humanidad posee una enorme capacidad productiva y, aun así, millones de personas carecen de lo básico. El problema no es únicamente cuánto producimos, sino quién puede acceder a lo producido, bajo qué condiciones y a qué precio.
| La pobreza moderna no siempre se presenta como ausencia total de trabajo o de bienes. También aparece como una vida sin margen: cualquier error, enfermedad o gasto inesperado puede devolver a una familia al punto de partida. |
Nacer pobre sigue influyendo demasiado en el destino
En el discurso público se repite que cualquiera puede ascender si estudia, trabaja duro y toma buenas decisiones. Hay innumerables historias reales de personas que lo lograron. Esas historias son valiosas, pero no demuestran que el sistema ofrezca las mismas probabilidades a todos. Demuestran que la movilidad existe; no que sea suficiente.
La OCDE ha descrito la movilidad social como un elevador averiado. Según sus estimaciones comparativas, a los descendientes de una familia de bajos ingresos podría tomarles, en promedio, entre cuatro y cinco generaciones alcanzar el ingreso medio de su país. La organización identifica «pisos pegajosos», que dificultan el ascenso desde abajo, y «techos pegajosos», que protegen las ventajas de quienes ya se encuentran arriba. [7]
En América Latina, esta estructura es especialmente visible. La CEPAL informó en 2025 que el 10% más rico captaba el 34.2% del ingreso total, mientras que el 10% más pobre recibía solamente el 1.7%. El organismo describe a la región como atrapada en una combinación de alta desigualdad, baja movilidad social y débil cohesión social. [8]
La desigualdad se transmite de muchas formas. Se heredan propiedades y ahorros, pero también contactos, estabilidad emocional, expectativas, lenguaje, conocimiento de las instituciones y capacidad para asumir riesgos. Una persona con respaldo familiar puede aceptar una práctica profesional mal pagada, mudarse para estudiar o iniciar un negocio. Quien sostiene económicamente a su familia quizá no pueda hacerlo, aunque tenga igual o mayor talento.
Por eso la pobreza no debe entenderse solo como una fotografía del ingreso actual. Es una acumulación de desventajas y vulnerabilidades. Cuando esas desventajas se repiten en los mismos barrios, familias y grupos sociales, dejan de parecer accidentes aislados y comienzan a revelar el funcionamiento de una estructura.
La pregunta reaparecerá más adelante: ¿quién obtiene ventajas cuando la pobreza persiste y quién termina pagando sus consecuencias?
La gran promesa de la educación
Vivimos en un mundo organizado alrededor del dinero, el empleo y la productividad. Con frecuencia, las personas terminan reducidas a cifras: ingreso, calificación, deuda, rendimiento o capacidad de consumo. En ese contexto, la educación carga con una promesa enorme: preparar a cada persona para construir una vida digna.
La educación sigue siendo una de las herramientas más poderosas para mejorar la vida. Enseñar a leer, razonar, investigar, comunicarse y dominar una profesión puede abrir puertas que antes estaban cerradas. Una sociedad sin educación pública ampliaría todavía más la distancia entre quienes pueden comprar conocimiento y quienes no.
El problema comienza cuando convertimos esa verdad en una promesa absoluta: «estudia y dejarás de ser pobre». La educación puede aumentar las oportunidades, pero sus resultados dependen de su calidad, del entorno familiar, de la economía, del mercado laboral y de la posibilidad real de continuar estudiando. No todos reciben la misma educación, aunque todos estén matriculados en una escuela.
La UNESCO estimó que 272 millones de niños, adolescentes y jóvenes estaban fuera de la escuela en 2023; la organización advirtió que la cifra probablemente subestima la exclusión en países afectados por conflictos. En América Latina y el Caribe, unos 9.5 millones permanecían fuera del sistema educativo ese mismo año. [9][10]
Estar dentro de un salón tampoco garantiza aprender. La estimación internacional de «pobreza de aprendizaje» utilizada por el Banco Mundial indica que cerca de siete de cada diez niños de diez años en países de ingresos bajos y medios no pueden leer y comprender un texto sencillo. La escuela existe físicamente, pero para millones no está cumpliendo ni siquiera su función más básica. [11]
Las pruebas PISA de 2022 mostraron otra brecha. En promedio, dentro de los países de la OCDE, los estudiantes socioeconómicamente desfavorecidos eran siete veces más propensos que los favorecidos a no alcanzar el nivel básico de matemáticas. Solo alrededor del 10% de los estudiantes desfavorecidos logró ubicarse entre el 25% con mejores resultados de su propio país. [12]
Estos datos no condenan a ningún niño. Existen escuelas y políticas capaces de reducir la influencia del origen social. Pero sí cuestionan la idea de que el aula, por sí sola, borra las desigualdades que existen fuera de ella.
| La educación puede ser una escalera, pero una escalera no resuelve el problema si algunos comienzan varios pisos abajo, otros encuentran peldaños rotos y unos cuantos ya nacieron cerca de la azotea. |
¿Qué enseña realmente la escuela?
La mayoría de los sistemas educativos enseña conocimientos indispensables: lectura, escritura, matemáticas, ciencias, historia y convivencia. Sería injusto afirmar que las escuelas no sirven o que los maestros forman parte de un plan para mantener pobres a sus alumnos. Muchos docentes trabajan precisamente para combatir la desigualdad, con recursos insuficientes y en condiciones difíciles.
La crítica debe dirigirse al diseño y a las prioridades. Con frecuencia se evalúa al estudiante por su capacidad para memorizar información, seguir instrucciones y aprobar exámenes, mientras recibe poca preparación para comprender las estructuras que organizarán su vida adulta. Puede aprender fórmulas algebraicas y, al mismo tiempo, graduarse sin saber interpretar un préstamo, calcular el costo real de una deuda, entender un contrato laboral, preparar un presupuesto, reconocer una estafa o distinguir entre un activo y un pasivo.
Tampoco suele existir una formación consistente sobre impuestos, derechos laborales, seguridad social, vivienda, seguros, inversión, emprendimiento, cooperativas, economía doméstica o funcionamiento del sistema bancario. Algunas escuelas sí incluyen estos contenidos y algunos países han avanzado, pero la cobertura es desigual y muchas veces depende del distrito, del maestro o de la familia.
En una economía digital, la brecha se amplía. La Unión Internacional de Telecomunicaciones estimó que 2,200 millones de personas permanecían desconectadas de internet en 2025. Mientras el 94% de la población de los países de ingresos altos utilizaba internet, solo lo hacía el 23% en los países de ingresos bajos. Quien no tiene conexión de calidad, dispositivos o habilidades digitales no compite en el mismo mercado educativo ni laboral. [13]
A esto se añade la inteligencia artificial. Las personas con educación, conectividad y tiempo pueden usarla para investigar, programar, aprender idiomas, automatizar tareas y crear empresas. Quienes carecen de esas herramientas pueden enfrentar la automatización únicamente como amenaza. Una tecnología que podría democratizar el conocimiento también puede convertirse en un nuevo multiplicador de desigualdad.
La escuela del siglo XXI no puede limitarse a transmitir información que una máquina recupera en segundos. Debe enseñar a formular preguntas, verificar fuentes, detectar manipulación, comprender sistemas y utilizar la tecnología sin perder autonomía. De lo contrario, preparará estudiantes para un mundo que ya dejó de existir.
La pobreza cuesta más cara
Existe una paradoja que rara vez se enseña: tener poco dinero puede hacer que casi todo resulte más costoso. Quien no puede comprar alimentos en volumen paga más por unidad. Quien no tiene automóvil invierte más tiempo en desplazarse o pierde oportunidades laborales alejadas. Quien carece de ahorros utiliza crédito de alto costo. Quien no puede pagar mantenimiento preventivo termina pagando reparaciones mayores.
La pobreza también consume atención. Una persona preocupada por la renta, la comida, la deuda o una emergencia médica dispone de menos energía mental para planear a largo plazo. Desde fuera, sus decisiones pueden parecer irracionales; desde dentro, quizá sean respuestas a una crisis inmediata. Comprar lo necesario para hoy puede ser más urgente que elegir la opción económicamente óptima para dentro de un año.
El sistema suele recompensar la planificación, pero exige estabilidad previa para poder planificar. Se recomienda ahorrar a quien apenas cubre sus gastos; invertir a quien tiene deudas; estudiar a quien necesita trabajar; emprender a quien no puede permitirse un mes sin ingresos. El consejo puede ser correcto, pero ignora la falta de margen.
Además, muchas instituciones castigan con más fuerza a quien menos tiene: cargos por sobregiro, intereses elevados, multas que crecen, depósitos de renta, historiales crediticios dañados y procesos burocráticos que requieren tiempo libre. Cada mecanismo puede tener una justificación administrativa. Sumados, forman una red que dificulta salir del punto más bajo.
Aquí aparece una diferencia esencial entre igualdad y equidad. Tratar a todos con la misma regla parece justo, pero no produce justicia cuando unos llegan con recursos, seguridad y conocimientos que otros nunca recibieron. La equidad no garantiza resultados idénticos; busca que el origen no determine de antemano quién puede competir.
La pobreza como sistema: ¿necesita pobres?
Esta es la pregunta más incómoda del artículo. Algunas economías dependen de una abundante fuerza laboral dispuesta a aceptar empleos duros, inestables o mal pagados. Determinadas empresas se benefician de salarios bajos; algunos prestamistas obtienen ganancias de consumidores endeudados; ciertos sectores políticos convierten la necesidad en dependencia o clientelismo. Negar estos incentivos sería ingenuo.
Pero afirmar que toda la pobreza fue diseñada conscientemente por una sola élite también simplificaría demasiado la realidad. Los sistemas complejos no requieren una conspiración central. Basta con que numerosos actores protejan sus intereses, que las instituciones cambien lentamente y que los costos recaigan sobre personas con poco poder político. El resultado puede beneficiar a ciertos grupos aunque nadie haya escrito un plan maestro.
La pobreza puede ser funcional para algunas partes de la economía y destructiva para la sociedad en su conjunto. Reduce el potencial humano, deteriora la salud, aumenta la inseguridad, debilita la democracia y limita el consumo futuro. Una empresa puede ahorrar hoy pagando salarios insuficientes, mientras el Estado y las familias absorben después los costos de vivienda, enfermedad, alimentación y desintegración social.
La pregunta, entonces, no es solo si alguien creó la pobreza. Es más útil preguntar: ¿qué reglas la reproducen?, ¿quién obtiene ventajas de esas reglas?, ¿quién paga sus consecuencias?, ¿qué instituciones podrían corregirlas y por qué no lo hacen?
| Un sistema puede ser injusto sin haber sido diseñado por una sola persona. La injusticia también se construye mediante miles de decisiones pequeñas que protegen privilegios, trasladan costos y normalizan resultados evitables. |
Responsabilidad individual y responsabilidad estructural
Hablar de estructuras no significa negar la responsabilidad personal. Las decisiones importan. Terminar los estudios, evitar deudas innecesarias, aprender una habilidad, ahorrar, cuidar la salud y construir relaciones confiables puede cambiar una vida. Presentar a las personas como víctimas sin capacidad de acción también sería una forma de desprecio.
Sin embargo, la responsabilidad individual no puede utilizarse para ocultar la responsabilidad colectiva. No podemos exigir elecciones perfectas a jóvenes que nunca recibieron información básica, ni culpar únicamente a una familia por vivir en un vecindario sin escuelas de calidad, transporte, seguridad o atención médica. La libertad existe, pero su alcance depende de las opciones reales disponibles.
Una visión madura debe sostener ambas ideas al mismo tiempo: el individuo puede actuar y el sistema puede limitar; el esfuerzo importa y las condiciones importan; algunas personas superan obstáculos enormes y esos obstáculos no deberían existir.
Esta realidad también refleja la contradicción del ser humano, capaz de crear progreso mientras mantiene estructuras que producen desigualdad.
El discurso de la meritocracia se vuelve peligroso cuando convierte el éxito económico en prueba de superioridad moral y la pobreza en prueba de fracaso personal. El mercado remunera ciertas actividades, pero no mide el valor completo de una persona. Una cuidadora, un trabajador agrícola o un empleado de limpieza pueden contribuir enormemente a la sociedad y continuar recibiendo ingresos insuficientes.
Una educación que realmente rompa el ciclo
Si la educación pretende combatir la pobreza y no solo administrarla, necesita ampliar su misión. Algunas prioridades podrían ser las siguientes:
- Aprendizaje fundamental real. Ningún estudiante debería avanzar durante años sin dominar lectura, escritura, razonamiento matemático y comunicación. La matrícula no puede confundirse con aprendizaje.
- Educación financiera y económica. Presupuestos, crédito, interés compuesto, impuestos, seguros, inversión, vivienda, contratos y riesgos deben enseñarse con situaciones reales, no como teoría abstracta.
- Derechos laborales y ciudadanía. Los jóvenes deberían conocer salario, horarios, seguridad, organización laboral, protección social, funcionamiento del gobierno y mecanismos para exigir derechos.
- Pensamiento crítico y alfabetización mediática. Aprender a reconocer propaganda, manipulación emocional, desinformación, sesgos y conflictos de interés es tan importante como memorizar datos.
- Competencias digitales e inteligencia artificial. No basta con entregar dispositivos. Es necesario enseñar investigación, privacidad, automatización, creación de contenido, programación básica y uso ético de la IA.
- Emprendimiento con realidad. Crear un negocio no debe presentarse como solución mágica. Deben enseñarse costos, flujo de efectivo, permisos, mercadotecnia, fracaso, cooperativas y modelos comunitarios.
- Salud física, mental y ambiental. La capacidad de aprender y trabajar depende de nutrición, sueño, prevención, manejo del estrés y un entorno saludable.
- Educación permanente. La formación no puede terminar a los dieciocho o veintidós años. La automatización exige sistemas accesibles para actualizar habilidades durante toda la vida.
Estas reformas no funcionarían aisladas. La escuela no puede compensar por sí sola el hambre, la violencia, la falta de vivienda, los salarios insuficientes o la ausencia de atención médica. La educación necesita trabajar junto con políticas de primera infancia, nutrición, salud, transporte, conectividad, protección social y empleo digno.
Tampoco se trata de reemplazar literatura, arte, historia o filosofía por cursos de dinero. Una educación reducida únicamente a productividad económica produciría trabajadores más eficientes, pero no necesariamente seres humanos más libres. El objetivo debe ser integrar herramientas prácticas con cultura, creatividad, ética y comprensión del mundo.
La verdadera educación no dice al estudiante qué pensar. Le ofrece conocimientos, métodos y perspectivas para que pueda pensar por sí mismo, reconocer las fuerzas que influyen en su vida y participar en la transformación de su comunidad.
No basta con enseñar a adaptarse
Durante mucho tiempo, el éxito educativo se ha medido por la capacidad de conseguir empleo y aumentar ingresos. Es una meta legítima, pero insuficiente. Si el sistema educativo únicamente prepara a los jóvenes para ocupar puestos dentro de una estructura desigual, puede mejorar la vida de algunos sin cambiar las condiciones que producen exclusión.
Una educación transformadora debe permitir que las personas comprendan por qué existen salarios tan distintos, cómo se distribuyen los impuestos, quién controla los recursos, cómo se crean las leyes, qué efectos tiene el consumo y de qué manera la tecnología modifica el poder. Debe enseñar a colaborar, organizarse y diseñar alternativas, no solo a competir.
La pobreza no se resolverá diciendo a millones de individuos que trabajen más dentro de un sistema que ya utiliza su trabajo y, aun así, no les permite vivir con seguridad. Tampoco se resolverá repartiendo ayuda sin ampliar capacidades, oportunidades y autonomía. Se requiere una combinación de protección y emancipación: cubrir necesidades urgentes mientras se construyen las condiciones para que las personas no dependan permanentemente de la asistencia.
La pregunta no es si debemos elegir entre mercado o Estado, esfuerzo personal o justicia social. La pregunta es qué combinación de instituciones permite que el trabajo tenga recompensa, la innovación sea posible y nadie quede condenado por el lugar donde nació.
Conclusión: ¿la pobreza es una decisión personal o colectiva? ¿O es el resultado de un sistema?
La pobreza tiene causas personales, familiares, históricas, políticas, económicas y geográficas. No existe una explicación única. Pero cuando millones de personas repiten las mismas dificultades durante generaciones, ya no podemos tratar cada caso como una simple suma de errores individuales.
Las cifras muestran un mundo capaz de producir alimentos, tecnología y riqueza a una escala sin precedentes, pero incapaz de garantizar a todos una base mínima de seguridad. Muestran también una educación que ha expandido enormemente el acceso, pero que todavía deja a millones fuera del aula y a muchos dentro sin aprender lo indispensable.
Tal vez la pobreza no sea un accidente inevitable ni una conspiración perfectamente organizada. Puede ser algo más difícil de enfrentar: el resultado normal de reglas que hemos aceptado, instituciones que no hemos actualizado y privilegios que quienes los poseen no desean perder.
La educación puede romper ese ciclo, pero solo si deja de limitarse a formar personas obedientes, empleables y adaptables. Debe formar ciudadanos capaces de comprender el dinero, el poder, la tecnología, la naturaleza y sus propios derechos; personas que puedan participar en la economía sin convertirse en piezas desechables de ella.
Una sociedad demuestra lo que realmente valora no por los discursos que pronuncia, sino por las oportunidades que ofrece a quien nace sin ventajas. Si la escuela promete igualdad, pero el código postal, el ingreso familiar y el acceso a internet siguen definiendo el futuro, entonces la promesa está incompleta.
No se trata de decirle al lector qué pensar. Se trata de mirar más profundo y hacer preguntas que normalmente evitamos:
- ¿Por qué aceptamos que una persona trabaje tiempo completo y siga siendo pobre?
- ¿Por qué enseñamos durante años, pero dejamos que muchos jóvenes lleguen a la adultez sin comprender el dinero, el crédito o sus derechos?
- ¿Cuánto talento pierde la humanidad porque millones de niños dedican su energía a sobrevivir?
- ¿Qué parte de la pobreza es inevitable y qué parte hemos decidido tolerar?
- ¿Queremos una educación que ayude a subir dentro del sistema o una que también permita transformarlo?
La pobreza no desaparecerá con una frase motivacional. Pero tampoco desaparecerá mientras sigamos considerándola un problema de los pobres y no una prueba del tipo de sociedad que todos hemos construido.
| Cifra | Qué representa |
| 847 millones | Personas estimadas en pobreza extrema en 2024, bajo la línea internacional de 3 dólares diarios. |
| 1,100 millones | Personas en pobreza multidimensional aguda en 109 países; más de la mitad son menores de edad. |
| 284 millones | Trabajadores que vivían en pobreza extrema en 2025. |
| 645 millones | Personas estimadas que padecieron hambre en 2025. |
| 272 millones | Niños, adolescentes y jóvenes fuera de la escuela en 2023, según la actualización de UNESCO. |
| 7 de cada 10 | Niños de diez años en países de ingresos bajos y medios que no comprenden un texto sencillo. |
| 2,200 millones | Personas que permanecían sin conexión a internet en 2025. |
| 4 a 5 generaciones | Tiempo promedio estimado para que descendientes de una familia de bajos ingresos alcancen el ingreso medio en países analizados por la OCDE. |
Nota metodológica: las cifras proceden de años y metodologías diferentes y no deben sumarse entre sí. Se presentan para mostrar dimensiones distintas de la pobreza, la exclusión y la desigualdad educativa. Las estimaciones globales se revisan periódicamente; por ello, cada dato conserva de forma explícita su año de referencia.
Referencias y fuentes
1. Banco Mundial. “June 2025 Update to Global Poverty Lines” (2025). Actualización de la línea internacional de pobreza extrema a 3 dólares diarios, en PPA de 2021.
https://www.worldbank.org/en/news/factsheet/2025/06/05/june-2025-update-to-global-poverty-lines
2. Banco Mundial. “March 2026 Global Poverty Update” (2026). Estimación de 847 millones de personas en pobreza extrema en 2024 y proyección global para 2026.
3. PNUD y Oxford Poverty and Human Development Initiative. Global Multidimensional Poverty Index 2025.
https://hdr.undp.org/content/2025-global-multidimensional-poverty-index-mpi
4. Organización Internacional del Trabajo. Employment and Social Trends 2026. Datos sobre pobreza laboral en 2025 e informalidad proyectada para 2026.
https://www.ilo.org/publications/flagship-reports/employment-and-social-trends-2026
5. FAO. Estimación de hambre para 2025 y datos de asequibilidad de dietas saludables publicados en The State of Food Security and Nutrition in the World 2025.
6. Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Food Waste Index Report 2024.
https://www.unep.org/resources/publication/food-waste-index-report-2024
7. OCDE. A Broken Social Elevator? How to Promote Social Mobility (2018).
8. CEPAL. Panorama Social de América Latina y el Caribe 2025.
9. UNESCO. 2025 SDG 4 Scorecard: Focus on the Out-of-School Rate.
https://www.unesco.org/gem-report/en/publication/2025sdg4scorecard
10. UNESCO. SDG 4 Scorecard for Latin America and the Caribbean 2025.
11. Banco Mundial. Foundational Learning / Global Learning Poverty.
https://www.worldbank.org/en/topic/education/brief/commitment-to-action-on-foundational-learning
12. OCDE. PISA 2022 Results, Volume I: The State of Learning and Equity in Education.
https://www.oecd.org/en/publications/pisa-2022-results-volume-i_53f23881-en.html
13. Unión Internacional de Telecomunicaciones. Facts and Figures 2025.
https://www.itu.int/itu-d/reports/statistics/facts-figures-2025
Observación metodológica: las cifras globales se actualizan con frecuencia y algunas son estimaciones o proyecciones. Esta versión conserva el año de referencia de cada indicador y evita comparar directamente cifras construidas con metodologías diferentes.
